Si al menos podés salvar a la chica de las garras del maléfico científico,
tratarás de hacerlo.
_¡Óigame doctor! –lo increpás- Por qué no se pone los pantalones de una vez por
todas y se mete con uno de su tamaño –Peñasco te mira.
_¡Marica! Tener que secuestrar a una chica indefensa para hacer sus porquerías.
Por qué no lo hacés conmigo. Si te animás...
Alguna fibra de la autoestima del profesor tocaste, porque de inmediato se pone
a explicarte el motivo de su elección: “La uso a ella porque quiero dar al mono
gran inteligencia; es ella una de mis mejores alumnas en forense y...”, lo
interrumpís.
_Pero no es que se le sobrecargan los cables porque el espíritu de ella es muy
pesado; porqué no usa el mío, que no terminé la secundaria y debe de ser más
fácil de manejar... Después si le sale, podrá aplicarlo a seres con mayor
coeficiente que yo, maldito –lo último se te escapa, pero él parece no haberlo
recibido; se quedó en la idea del menor peso espiritual que vos le planteaste
tratando de convencerlo.
_Podría ser factible –comienza a hablarse a sí mismo- si midiéramos la
ponderación de la gravimetría mental en función del coeficiente llano, la
tangente hiperbólica de la potencia requerida se reduciría a... –ya dejás de
comprender lo que dice, pero te alegra haber causado efecto con tus palabras.
El profesor se aleja hacia el otro laboratorio y parece realizar una serie de
cálculos en los pizarrones. Pasado un momento, regresa con unas llaves y un
frasco de vidrio mediano conteniendo un líquido amarillento. Saca una aguja y
jeringa, absorbe parte del fluido, apoya la botella junto a vos e inyecta la
sustancia a Sabrina, que en segundos pierde la conciencia.
Alcanzás a leer la etiqueta del frasco justo antes de que la quite: “Olvidol –
suero del olvido”. |
Primero saca a la joven de la cabina y se la lleva saliendo por el pasillo.
Posiblemente la deje afuera tirada en el pasto, de manera que cuando despierte
no recuerde nada de lo sucedido –razonás.
A los quince minutos retorna sólo con las llaves.
_¡Marica me dijiste! –saca las llaves, te libera el precinto del cuello y en
cuanto levantás instintivamente la cabeza de la cuerina de la camilla, te aplica
un fuerte puñetazo en la mandíbula...
Despertás ahora encerrado en la casilla donde antes estaba Sabrina, esta vez con
un fuerte dolor en la cara.
_Es importante que elijas al animal en el que pondré tu ser, ya que debés estar
a gusto en él, para no producir una reacción adversa inicial que lo mate, y a
vos junto con él –dicho esto, te presenta una serie de jaulas y frascos
perforados.
El primero tiene un mosquito; el segundo un zorzal; en la tercera jaula hay un
perro ovejero; y en la cuarta, un mono chimpancé.
_Escogé –te manda.
_¿Y si no quiero? –te oponés.
_Traeré a mi alumna nuevamente y reiniciaré el experimento con ella. ¿Qué
decís,; la voy a buscar?
_No, no, por favor... Yo voy a elegir –no querés perder lo que ya has
conseguido, aunque dejés la vida en ello. Ahora te toca elegir.
Escogés el mosquito
Te decidís por el zorzal
Lo hacés por el perro
Elegís el mono
|